Casa vieja
El pasado del Maipo da para mucho, más de lo que podemos imaginarnos. Y mientras por terrenos añejos siguen algunos fantasmas puluando entre viñas y viveros, en esta casa, que recuerda fiebres ágricolas de oro en años pasados, ni siquiera las ánimas se quedaron a vivir.
Son sentimientos encontrados los que generan estos rasgados muros. Por una parte, mantienen en la memoria la gloria económica de otras épocas, y de manera paralela nos recuerda el olvido de ciertos personajes a la hora de rescatar patrimonios nacionales históricos. Hace poco hablábamos del fomento al turismo, y son estos lugares los que autoridades pasadas debieron ocuparse de salvar.
Sin embargo, estos muros nos son desconocidos. A cien años de sus nacimientos, estas casas no nos pertenecen, sino que siguen en manos de personas que no conocemos. Embutidas en terrenos clausurados por rejas y perros, han sido olvidadas por quienes pueden realizar cualquier intento de conservación histórica.
Hoy, la humedad pudrió cualquier esperanza de rescate. Hoy, los humanos deberán mirar lo que abejas, palomas y ratas habitan. Hoy, los tonos café, verde y naranjos de maderas y latas se confunden con los café, verde y naranjo de hongos, barro y flores. Hoy es uno de los pocos dias en que podremos apreciar en su totalidad el valor de esta construcción, a dias, semanas, meses o años de su inevitable destrucción.
En estos casos, las diferencias entre unos y otros vecinos quedan reflejadas en las características de cada paso superior. Mientras unos buscan asemejar puentes de tomo y lomo, otros solo fabrican con materiales útiles y a mano. Pero el conjunto de maderas y alambres, tonos café y a colores, forman un escenario particular a la zona, con puentes personales, hechos a la medida, de acuerdo a las necesidades de cada uno de sus habitantes.
Cuando mencionamos estos pequeños pasos para el hombre, recordando la alegría que generó la fabricación de este puente para la familia que lo utilizará, no deja de ser irónico el que el avance de otros elementos pertenecientes a entes superiores, como lo son los agricultores y las autoridades en general, obliguen a personas de a pié a fabricar con sus manos su posibilidad de conectarse con el mundo. Quizás ninguno de estos vecinos quiso este canal en su patio, pero la necesidad los obligo a pasarlo por arriba. Nadie les preguntó, pero su casa tiene la particularidad de tener un puente personal.
Hoy, estos puentes no tienen más valor que el que les otorga la utilidad, estos es, la posibilidad de ser atravesados en su superficie por sus creadores y dueños. Pero quizás en cien o 150 años mas, este puñado de creaciones sea considerado un monumento nacional o algo así. Y de ser el caso, seria bueno que las autoridades de ese momento recuerden que los fabricantes y creadores de los puentes fueron los vecinos, que con sus manos, fabricaron sus propias conexiones con el mundo, con la carretera, con Viluco.
De cuando en cuando, en la naturaleza, podemos apreciar distintos organigramas sociales que sorprenden al más incrédulo. Uno de estos son las castas que se generan en las colmenas que vemos en los terrenos de apicultores en la zona, donde reinas, zánganos y obreras mueven alas para producir miel, crema, cera o lo que sea que los expertos extraigan.
Esta es la vida de las abejas. En medio del campo, en sus casas Chubi ideales para laborar, estas reinas, obreras y zánganos forman un organigrama social envidiable. Y nuevamente, la naturaleza nos da un par de enseñanzas sobre como vivir. Y nuevamente, hacemos caso omiso, aunque existan obreros, reinas y, especialmente zánganos entre nosotros.